Mendoza ante una nueva etapa económica: el desafío de convertir los recursos en desarrollo

Mendoza atraviesa un proceso de transformación de su matriz productiva, con nuevas expectativas vinculadas al cobre, el potasio, el petróleo y la generación de energía. El crecimiento de estas actividades abre una discusión sobre cómo utilizar los recursos que podrían generar en los próximos años y de qué manera ese crecimiento puede impactar sobre el resto de la economía provincial.
La Federación Económica de Mendoza (FEM) planteó recientemente la posibilidad de crear un fondo permanente de desarrollo productivo, financiado con una parte de las futuras regalías provenientes de la minería, el petróleo y la energía. La propuesta apunta a destinar esos recursos a infraestructura, tecnología, financiamiento para pequeñas y medianas empresas y fortalecimiento de sectores productivos que actualmente enfrentan dificultades.
Cobre, potasio y petróleo: los sectores que podrían cambiar la matriz productiva
Las proyecciones elaboradas para Mendoza anticipan un crecimiento significativo de las actividades extractivas durante las próximas décadas. Según los escenarios mencionados en la propuesta, el desarrollo de cuatro grandes proyectos podría llevar la producción provincial de cobre hasta unas 500.000 toneladas anuales hacia 2050.
En ese escenario, las exportaciones de cobre podrían alcanzar alrededor de US$3.150 millones por año. A esto se sumarían los proyectos vinculados al potasio y el crecimiento de la actividad hidrocarburífera en Malargüe.
Las estimaciones también plantean que Mendoza podría sumar unos US$3.500 millones anuales en exportaciones provenientes del nuevo bloque minero y energético, además de los aproximadamente US$1.500 millones que actualmente representan las exportaciones provinciales. Se trata de proyecciones y no de ingresos garantizados, ya que dependen del desarrollo efectivo de los proyectos y de las condiciones económicas futuras.
La economía tradicional frente a las nuevas actividades
El posible crecimiento de estos sectores plantea un desafío para una provincia cuya economía históricamente estuvo vinculada al agro, la vitivinicultura, la frutihorticultura, la agroindustria, el comercio, la metalmecánica y los servicios.
La discusión no necesariamente pasa por elegir entre la Mendoza del vino y la Mendoza del cobre. Uno de los planteos centrales es que las nuevas actividades puedan convertirse en una fuente de recursos para fortalecer a las empresas y sectores que ya forman parte de la estructura productiva provincial.
Las diferencias entre ambos modelos también aparecen en materia de empleo. La minería es una actividad intensiva en capital y puede generar importantes niveles de exportaciones con una cantidad relativamente menor de trabajadores. La agricultura y la agroindustria, en cambio, requieren una mayor cantidad de mano de obra y sostienen cadenas productivas distribuidas territorialmente.
El desafío de generar proveedores locales
Uno de los puntos centrales del debate es evitar que las nuevas inversiones funcionen como actividades aisladas del resto de la economía mendocina.
La llegada de grandes proyectos podría generar oportunidades para empresas locales de transporte, construcción, servicios tecnológicos, metalmecánica y otras áreas. Por ejemplo, compañías que actualmente trabajan para la industria vitivinícola podrían adaptar parte de su producción para convertirse en proveedoras de la minería.
La posibilidad de utilizar las regalías para financiar tecnología, capacitación, infraestructura y reconversión empresarial aparece así como una alternativa para que una parte de la riqueza generada por los recursos naturales permanezca vinculada al entramado productivo provincial.
Infraestructura, agua y capacitación
El crecimiento de las nuevas actividades también demandará planificación. Infraestructura, energía, logística, disponibilidad de agua, formación laboral y tecnología serán algunos de los factores que deberán acompañar una eventual expansión de la minería y la actividad energética.
Al mismo tiempo, la provincia deberá continuar atendiendo los desafíos de sectores tradicionales como la vitivinicultura y la agricultura, especialmente frente a la disponibilidad de agua, el cambio climático y la necesidad de incorporar tecnología para sostener su competitividad.
El desafío consiste, entonces, en que el crecimiento de las nuevas actividades no implique necesariamente el desplazamiento de las existentes, sino que pueda generar condiciones para su modernización y reconversión.
Una discusión que mira hacia 2050
Las proyecciones plantean una Mendoza que podría tener una estructura productiva diferente durante las próximas dos décadas. El cobre, el potasio y el petróleo podrían adquirir un peso mayor en las exportaciones provinciales, mientras que el agro, el vino, la industria y las pymes continuarían formando parte de la economía mendocina.
La discusión que comienza a instalarse es qué destino tendrán los recursos que eventualmente genere esa transformación. La posibilidad de utilizarlos para financiar gasto corriente o, por el contrario, destinarlos a infraestructura, tecnología, educación productiva y fortalecimiento empresarial puede tener consecuencias muy diferentes a largo plazo.
Por eso, el debate sobre la Mendoza de las próximas décadas excede a un solo sector. La cuestión central será determinar cómo transformar una eventual mayor disponibilidad de recursos naturales en desarrollo económico sostenible y oportunidades para el conjunto de la provincia.
