
Alejandro Zalazar, un médico mendocino de 29 años, fue encontrado muerto en febrero en su departamento del barrio porteño de Palermo, en la Ciudad de Buenos Aires. La autopsia confirmó que el fallecimiento se produjo por una sobredosis de propofol y fentanilo, dos drogas de uso hospitalario altamente controladas, lo que encendió las alarmas en el sistema de salud.
El joven se había formado en el Colegio Universitario Central y luego estudió medicina en Mendoza, para posteriormente trasladarse a la capital del país, donde realizaba su residencia en anestesiología en el Hospital Gutiérrez. El día de su muerte debía participar de una intervención en la Fundación Favaloro, pero al no presentarse ni responder llamados, su familia dio aviso a la policía.

Los peritajes revelaron que Zalazar presentaba edema pulmonar, congestión y compromiso neurológico severo (compatibles con una intoxicación aguda). En el lugar se encontraron ampollas de los fármacos, una vía conectada a su cuerpo y una bomba de infusión (utilizada para administrar drogas por vía intravenosa), elementos que evidencian un consumo fuera de los protocolos médicos.
La causa derivó en una investigación más amplia sobre prácticas clandestinas dentro del ámbito sanitario, conocidas como “Propo Fest”, encuentros privados donde profesionales de la salud consumen estos anestésicos con fines recreativos (lo que en el ambiente denominan “viajes controlados”). Una mala dosificación de estas sustancias puede resultar fatal, incluso con supervisión, según advierten especialistas.
En este contexto, la Justicia también puso la lupa sobre el Hospital Italiano de Buenos Aires, de donde habrían salido los medicamentos utilizados. Allí ya se apartó a personal por presunto desvío de insumos (lo que podría configurar un circuito ilegal de comercialización), mientras la investigación busca determinar el alcance real de esta red y si involucra a otros centros de salud.

