
En un contexto de profunda crisis económica, con una inflación persistente y un costo de vida que no da tregua, los salarios del personal de la Gendarmería Nacional y del Ejército Argentino vuelven a quedar en el centro del debate. La reciente grilla de haberes mensuales, vigente a partir del 1.º de diciembre de 2025, expone cifras que, lejos de garantizar una vida digna, reflejan una realidad cada vez más preocupante para quienes tienen la responsabilidad de cuidar las fronteras y la seguridad interior del país.
Si bien en términos nominales los montos pueden parecer elevados para algunos rangos jerárquicos, la situación cambia drásticamente cuando se analiza la realidad cotidiana del personal subalterno y de quienes cumplen funciones operativas en grandes centros urbanos como la Ciudad de Buenos Aires o la provincia de Santa Fe. Allí, los alquileres, los servicios, el transporte y los alimentos consumen gran parte del ingreso mensual, dejando a miles de gendarmes al borde del endeudamiento permanente.
Esta situación no es nueva, pero se ha profundizado en los últimos años. Las fuerzas de seguridad vienen registrando múltiples bajas, muchas de ellas vinculadas al desgaste emocional, la presión laboral y la imposibilidad de sostener económicamente a sus familias. A esto se suma un dato alarmante y doloroso: el aumento de casos de suicidio dentro del personal, en numerosos casos asociados a deudas, estrés extremo y la sensación de abandono por parte del Estado.
La postal se repite y duele: efectivos que, luego de extensas jornadas de servicio, deben subirse a un auto para hacer Uber o repartir pedidos como delivery para poder llegar a fin de mes. También, algunos efectivos venden comida en las calles, por ejemplo pollos asados, para poder reunir lo necesario para sus familias.
Una realidad impensada para quienes portan un uniforme, cumplen órdenes, enfrentan situaciones de riesgo y, aun así, no logran cubrir las necesidades básicas de sus hogares. El contraste es brutal. Mientras se exige vocación, disciplina y compromiso absoluto, los salarios no acompañan ni el sacrificio ni el costo real de vida. La consecuencia es una fuerza cada vez más debilitada, con personal desmotivado, endeudado y psicológicamente agotado.
La pregunta es inevitable: ¿cómo se puede exigir seguridad si quienes deben garantizarla sobreviven con sueldos de miseria? Sin una política salarial seria, integral y humana, el problema no solo seguirá creciendo, sino que continuará cobrando un precio demasiado alto en vidas y en el deterioro de una institución clave para el país.