
Con más de 30 años de trayectoria impecable, la querida profesora y coreógrafa tunuyanina repasó sus humildes comienzos en Colonia Las Rosas, su experiencia como jurado de la Vendimia Central y analizó con ojo crítico el fuerte impacto que la tecnología y la pandemia dejaron en las nuevas generaciones de bailarines.
La destacada directora de danza Adriana Salinas fue distinguida en el Auditorio Municipal de Tunuyán bajo el marco del ciclo «Mujeres con Propósito», un reconocimiento oficial que corona sus más de tres décadas dedicadas de forma ininterrumpida a la formación artística y humana en la región. Con una extensa carrera que la llevó desde dar sus primeras clases en salones prestados hasta consagrarse como jurado en la Fiesta Nacional de la Vendimia Central, Salinas se consolidó como una verdadera educadora generacional en el Valle de Uco. Tras subirse este fin de semana al escenario para bailar a sus casi 55 años, la docente pasó por el aire de nuestro medio para repasar su conmovedora historia de superación y analizar el presente de la actividad.

Orígenes humildes y la fusión de tres pasiones
La historia de Adriana con el movimiento comenzó entre 1988 y 1989, recién egresada de la escuela secundaria. Hija de un carpintero y de una ama de casa en un hogar muy humilde, la situación económica familiar le impidió trasladarse a la Ciudad de Mendoza para cumplir sus sueños iniciales de estudiar Educación Física o el profesorado de Maestra Jardinera. Lejos de frustrarse, encontró en un instructorado de aeróbica deportiva y danzas la llave maestra para canalizar su vocación docente. «Comencé en Colonia Las Rosas en un salón prestado por la familia Barrera con un grupito de diez niñas; mi primer aula formal fue mi propia habitación» recordó con emoción sobre aquellos años donde, bajo la guía de referentes como Cristina y Marta Alerta, empezó a forjar un método único que logró unir la preparación física, el baile y la estimulación pedagógica para la primera infancia.
El impacto de la tecnología y el «efecto pantalla»
A lo largo de sus 35 años de docencia, Salinas se convirtió en una observadora privilegiada de las transiciones generacionales, encendiendo una luz de alarma respecto al comportamiento de los niños en la post-pandemia tras el abuso de los teléfonos celulares. «Los chicos que estuvieron aislados casi dos años bailaban dentro del rectángulo del teléfono; eran individualistas y costó muchísimo que volvieran a sociabilizar y trabajar en grupo», analizó la profesora. En ese sentido, apuntó que las redes sociales y plataformas como YouTube han generado una pérdida notable de la creatividad y la improvisación: «Hoy los chicos aprenden un movimiento copiando de forma permanente en internet, pero cuando copiás no sentís. La danza es el lenguaje del alma y nuestro rol como profes hoy es enseñarles a transmitir y a sentir ese movimiento».

El sacrificio detrás de un verdadero bailarín
Hacia el cierre de la entrevista, la galardonada coreógrafa dejó un valioso consejo para todos aquellos jóvenes y familias del Valle de Uco que sienten pasión por el arte pero que aún no se animan a dar el primer paso formal en la disciplina. Al ser consultada sobre las cualidades esenciales que debe reunir una persona para convertirse en un profesional de la danza, Salinas fue categórica al ponderar el factor humano por encima del talento innato. «Todo tiene que ver con el sacrificio y la constancia, cualquier chico que se lo proponga lo puede desarrollar. Pero el secreto principal es saber elegir al maestro o guía indicado; no basta con ir a tomar clases con alguien simplemente porque baila bonito, se necesita una persona con la experiencia necesaria para aconsejar, cuidar y guiar a una niña por el camino correcto», concluyó.


