Y un día el cuento llegó a su fin

No llores. O si vas a llorar, que no sea de tristeza. Hacé un esfuerzo y cambiá la amargura por la alegría. Por más que no digieras que ya no verás a Emanuel Ginóbili y a Andrés Nocioni con la “5” y la “13” celestes y blancas, ponete contento de haber sido contemporáneo de ellos y del mejor equipo de la historia del deporte argentino. Agradecele a la vida haber podido reunirte delante de un televisor o haber hecho un esfuerzo para viajar para seguirlos a un torneo. Mirá a la cara a tu viejo, a tu hijo, a tu sobrina, a quien quieras, y deciles quefueron afortunados en haberse subido a una montaña rusa monstruosa durante 15 años. Una fiesta de 15 con una entrada gloriosa en Indianápolis 2002, con un pico de locura total cuando te revoleaban por el aire en Atenas 2004, con un baile durante años con esos temas que saben todos y una mesa dulce que fue el postre de ver jugar en Río de Janeiro a los que quedaban en pie.

Quince años pasaron entre aquel título en el Sudamericano de Valdivia 2001 y estos Juegos Olímpicos de donde la Selección Nacional masculina de básquetbol se fue al caer por 105-78 ante Estados Unidos en cuartos de final. Con la frente alta, con el físico al límite, con la dignidad de saberse respetuosos de las convicciones de ir al frente. Siempre. Y con los jugadores estadounidenses intentando descifrar por qué tantos argentinos están saltando y gritando si van a perder en la Arena Carioca 1. Allá ellos si no lo entienden. Vos sabés bien por qué.

Es el fin de una era, claro que sí. Pero no llores tanto al ver irse de la cancha a Manu y a Chapu por última vez con la Selección. Es cierto que no es lo mismo que sigan jugando en San Antonio Spurs y en Real Madrid, a que lo hagan para Argentina. Mejor quedate con lo que te dieron. No llores al verse irse a Luis Scola, que seguirá, y a Carlos Delfino, al que le espera un futuro de recomposición física y una decisión de vida.

Son las leyes de la vida. El tiempo y todos se van poniendo viejos. Pero, claro, algunos viejitos deciden intentarlo de nuevo y te ilusionás. Porque ves a Manu despedirse de la Selección a los 39 años, reconociendo que sus piernas no son las de antes y abrazándose con cada uno de sus compañeros, ves a Delfino saliendo del fondo del mar después de siete operaciones en un pie, ves al Chapu jugar 47 minutos y medio contra Brasil a los 36 años y ves a Luifa siendo líder, capitán, guía.

Si se te caen las lágrimas, que no te dejen olvidar lo que viviste en estos 15 años. “Lo nuestro fue un cuento”, resume Nocioni con una tranquilidad pasmosa. “Estos años tuvieron mucho de cinematográfico”, coincide Scola. “Veré cómo lidiar con el vacío grande que me quedará”, se autoflagela Ginóbili, con la pelota bajo su axila izquierda. La pelota de su adiós a la Selección.

Repasá lo que hicieron y sentí que un día te invitaron a un banquete de básquetbol. Mirá hacia el cielo y recordá cómo disfrutaste con quienes ya no están alguna jugada, triunfo o podio de este equipo. Si lo tenés al lado, hacele acordar a tu abuelo la afonía que tuvieron durante una semana cuando Manu embocó el zapatazo ante Serbia y Montenegro. Pedile perdón a tu amor si lo mandaste a lavar los platos por preguntarte por qué te ponías tan nervioso si estos muchachos no te iban a fallar. Explicale a tu hijo o hija que la vida es así, que hay que disfrutar el camino y trabajar para construirlo con voluntad, porque la recompensa va a llegar. Y si no llega, al menos sabrás que dejaste el alma por lo que te apasiona. Y dormirás tranquilo, alejado de la cobardía de no querer ser uno mismo.

No llores. Abrazá a los tuyos ahora que terminó su paso por los Juegos Olímpicos y ya no los verás jugar juntos. Quedará su legado de cómo se debe jugar al básquetbol, qué significa ser un profesional y cómo hay que alimentarse y cuidar el cuerpo. Quedará el cimbronazo que dieron cuando desbarataron una cofradía que endeudó cuentas bancarias, mientras ellos siempre daban saldo positivo en caja.

Se fueron muchos y ya no estarán Manu con su magia ni Chapu con su astucia para defenderte. Es cierto, nada será igual aunque te consueles alentándolos en los Spurs o en el Madrid. No llores. Sentite feliz, pleno, agradecido de vivir este momento. Porque un día, cuando te juntes con tus nietos en un asado, cuando intentes ver un DVD en algún aparato modernoso, cuando veas picar una pelota de básquetbol o cuando alguien te diga por qué sonreís, le vas a poder decir que disfrutaste de unos tipos que se amalgamaron colectivamente, nombres al margen, y te hicieron feliz sin pedir nada a cambio.

Fuente: Diario Clarin


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