La cocina de cocaína encontrada en la Villa 1-11-14 funcionaba en Bajo Flores

La cocina de cocaína encontrada en la Villa 1-11-14 funcionaba en Bajo Flores

Un pequeño laboratorio funcionaba dentro de una casa sobre la avenida Bonorino en el Bajo Flores: había casi cien kilos de polvo altamente estirado, pasta base y varios precursores químicos. La ruta de coca hacia Salta, una mula con cinco cápsulas en el estómago y el preso argentino alllanado en un penal platense.

No es común encontrar una cocina de cocaína en la Capital Federal, una batería de ollas y precursores químicos donde la pasta base boliviana se convierte en tizas de polvo fino. Existe el mito, eso sí; durante años distintas versiones hablaron de éter y acetona en ranchos sin revoque del Bajo Flores, entre pasillos de la Villa 1-11-14 y las zonas aledañas.

La realidad era más económica y conveniente: los capos peruanos como “Marcos” Estrada González hacían volar a sus mulas desde Lima hasta Ezeiza con cápsulas de cocaína 80 por ciento pura en la panza. Estrada, de acuerdo a las imputaciones, las mandaba recoger con autos y choferes de sus propias remiserías. La pista boliviana era mucho más sencilla; los kilos podían venir disimulados de cualquier forma a través de la frontera con Salta. Un doble fondo de un auto es hasta hoy un método básico y clásico. El supuesto mito de las cocinas en la Capital era irritante para el poder político y a la vez redundante para la lógica comercial de un narco: la Capital Federal era una capital productora de droga, con el kilo de cocaína más barato del mundo justo al lado de la frontera y a menos de un día de viaje en auto, una paradoja total.

Las cocinas de cocaína en el Bajo Flores, sin embargo, ocurren, a pesar de todas las contradicciones. Roberto José Loayza Camacho, alias “Chango”, de 60 años de edad, y su mujer, Miriam Tapullima, ambos bolivianos tenían una en su casa sobre la avenida Bonorino al 2800, justo frente a la 1-11-14. Su cocina estaba, por así decirlo, visiblemente nevada: botellas, ollas, una licuadora, una multiprocesadora, todos manchadas de polvo blanco.

La división Operaciones Antidrogas Urbanas de la PFA allanó la casa de Camacho y Tapullima el lunes 26 a pedido del juez Sergio Torres y el secretario Martín Yadarola, en el marco de un expediente que comenzó este año desprendido de otra investigación a transas paraguayos de la zona, con escuchas telefónicas y seguimientos. Gendarmería Nacional todavía debe analizar en un laboratorio todo lo que se incautó en el allanamiento, pero Camacho y su mujer lo tenían todo, aparentemente: había pasta base, varias botellas y bidones con químicos con un fuerte olor a acetona y éter, los precursores básicos para fabricar cocaína, un barril de plástico azul con su etiqueta arranca, un microondas para secar la materia prima cuando llegaba un poco húmeda, junto a casi 20 celulares.

El hallazgo de la cocina era también parte de una red mayor: Camacho y Tapullima están acusados por Torres de ser proveedores de una organziación regenteada por bolivianos -varios de ellos con condenas previas y causas abiertas por narcotráfico- junto a cómplices argentinos que se extiende desde el Bajo Flores hasta la villa Zabaleta, Laferrere, La Plata y González Catán. Torres y Yadarola ordenaron a PFA otros 12 allanamientos con nueve sospechosos señalados. Una orden incluso fue enviada al Servicio Penitenciario Bonaerense: un preso de 39 años y de nacionalidad argentina alojado en un pabellón de presos de mediano riesgo de la Unidad Nº9 del SPB en La Plata, estaba sospechado de acuerdo a escuchas telefónicas de manejar parte del negocio desde su celda.

Fuente /Infobae/